La vendimia

La vendimia

Benditos años aquellos cuando, subidos al carro y sentados sobre la alfalfa que cubría los recién lavados talegones, iniciábamos la salida hacia los viñedos al otro lado de los montes, y hasta los recios bueyes iban tan contentos haciendo sonar sus metálicos esquilones mientras nosotros rasgábamos los aires entonando nuevas y viejas canciones de vendimia.

Llegados al vacillar era el momento de cambiar los atuendos, de sacar los afilados podinches y tijeras, de echar un vistazo a algún espléndido racimo que llevarse a la boca, de divisar a otros grupos próximos de vendimiadores, de toparse bruscamente con una liebre huidiza o, tal vez metidos ya en faena, ser testigos de cómo algún mozo osado y valiente, con racimo de uva muy tinta en la mano, se lanzaba a entintar el rostro de su linda enamorada.

Como chiquillos de pocos años apenas si nos ofrecían alguna tarea mayor y noble, pero nosotros  también soñábamos con ayudar en lo que fuera y, de paso, pellizcar en los sabrosos racimos y espantar alguna liebre bien camuflada bajo la cepa. Había otra gran idea que nos rondaba por la cabeza cada vez que vivíamos la vendimia. Siempre anhelábamos escudriñar la Sierra Verdenosa por localizar la roca en la que se encuentra la mágica Boca El Horno. Soñábamos con verla y entrar en ella, descubrir su longitud y salir por fin de dudas. De momento nos creíamos todo cuanto quisieran contarnos.

Las talegas de ricas uvas, una vez colmadas, van vaciándose a destajo en los talegones. La altura del Sol y la piquiña interior indican que ha llegado el momento del descanso y la hora de saborear la cuchipanda: un delicioso arroz con bacalao y una gran fuente de pimientos rojos de vendimia bien aderezados por las mamás o las abuelas de Morales.

El astro rey avanza invitando a proseguir la festiva tarea y el carro va cargándose más y más. Llega la hora de visitar las bodegas y descargar el dulce fruto. El camino es largo y duro por el delicado contenido y tiene unos puntos de especial dificultad para cuantos proceden  de la vertiente occidental: la Cuesta Barrero Blanco. Los bueyes resoplan, hincan en la tierra las manos y bajan las cabezas. Surge en todos la misma duda: ¿ Podrán o no podrán seguir subiendo?. Pero ellos nunca dejaron en feo a sus amos.

En la cima ya se divisan como próximas todas las bodegas de Morales de Rey. Es un panorama tan apetecible… que hasta los pacíficos bueyes aceleran su paso y se dirigen sin error a su destino. A través del ventano principal la uva madura se despeñará buscando ansiosa el lagar para ser prensada ya dulcemente por los pies descalzos de voluntariosos operarios ya por la fuerza poderosa y violenta de una viga imponente que obedece a un torno del que pende un grueso pilón y es movido por una palanca que arrastran y dirigen forzudos brazos. Como resultado de estas maniobras la gran piña de uvas comienza a sufrir y sufrir más presión hasta que, de pronto, se inicia un incipiente y sonoro chorreo del alma de la uva cayendo al fondo del estanque. Aunque es pronto todavía ya podríamos gritar: HA NACIDO EL VINO.

Sólo resta una última tarea, la de trasvasar este mosto o caldo dulzón a la cuba y esperar unos días a que fermente. En la actualidad es tarea de motores, pero entonces el traslado había que hacerlo a base de cubos y escaleras. Algo muy duro. Durante la fermentación  nos alertaban a los niños del peligro del C.O2.  Al entrar en la bodega se debía encender una vela o cerilla, si ésta se apagaba había que salir de inmediato.

La vuelta a casa de los vendimiadores no revestía el colorido de la ida, faltaba la alfalfa como oportuno asiento, los talegones en parte pringosos y todos algo cansados. Aun así volvían a entonarse las canciones o se compartían las anécdotas del día. A veces el colofón de varios días de vendimia era radiante y sonoro. Siempre había alguna familia que quería celebrar la recolección con músicas y algazara. La flauta y las panderetas animaban la función e invitaban a más amigos o vecinos. Al son de las jotas y otros bailes todos se despedían tan felices y contentos soñando ya con la PRÓXIMA VENDIMIA.

Escrito por: Ladislao Pérez Folgado

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